Cristo Jesús nos dijo en Marcos 4 que, si entendiéramos la parábola del sembrador, entenderíamos las demás. Esta es la historia…
El sembrador salió a sembrar. Unas semillas cayeron en el camino y las aves se las comieron; otras cayeron en las piedras donde no había tierra y las raíces no se desarrollaron, se quemaron y se secaron; Otra parte de las semillas se ahogó entre los espinos haciéndose infructuosa; y la ultima parte de las semillas cayó en buena tierra y hubo germinación, crecimiento y mucho fruto.
La tierra debe estar preparada, humedecida y con la profundidad adecuada (nosotros) para que la semilla (la Palabra de vida, Cristo) al sembrarla, pueda desarrollarse. Luego, hay varios factores que debemos tomar en cuenta para que germine y crezca en plenitud:
- Proporcionarle espacio para crecer en profundidad. (Vaciarse de patrones de vida equivocados y abrir espacio para lo nuevo y verdadero) y fomentando raíces profundas.
- Protegerla de los hongos que pueden impedir su germinación (Enemigos del crecimiento)
- Estar preparados para cualquier adversidad.
- Regarla y verla crecer con paciencia. (Es un proceso)
- Cuando crezca, cuidar el fruto.
El fruto siempre será codiciado por los frugívoros, representando en este caso a los enemigos del progreso, del crecimiento, del avance en el Conocimiento y manifestación de Dios en la tierra.
En Gálatas 5:22-23 el apóstol Pablo nos dice…
22 Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, 23 mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley.
Espero que muchos podamos afirmar esto: «SOY buena tierra, la semilla sembrada (La palabra de vida) crece y da mucho fruto»
De los Cielos.
Lic. Coralia Torrealba
