El primer Adán fue formado en perfección para toda buena obra, tenía la vida de Dios. Lo tenía todo, pero la duda lo embargó y tomó la decisión equivocada, su elección no provino de fe.
Romanos 14:23 «…Todo lo que no proviene de fe es pecado»
Adán se independizó y no pudo expresar el diseño para el cual fue creado: manifestar a Dios.
Adán perdió el rumbo, perdió la vida y la gloria de Dios, la sentencia fue: abandonar el ámbito creado para él. La muerte sería su destino. Así comenzó a construir una vida de mentira, separado De Dios, murió espiritualmente, y con él, toda la humanidad.
El primer hombre fue destituido y se convirtió en el pecado mismo, en enemigo de Dios, en muerte, en oscuridad. Se desvinculó de Dios; Sus sentidos fueron abiertos y entró en un ámbito carnal, gobernado por su mente, y por ley de la oscuridad, la ley del pecado y de la muerte. Adán menospreció el regalo, la gracia, la gloria de Dios y su vida.
Recuperando la vida de Dios
El creador de la existencia, el inmutable, ejecutó el diseño eterno: se relacionó con su creación y encarnó su palabra en Jesús de Nazareth. Su nacimiento se convirtió en un milagro y en un verdadero misterio que aún no ha sido revelado a plenitud. Belén fue el lugar donde el Dios eterno entró en la temporalidad, su hijo sería como uno de nosotros.
El niño nació y el hijo eterno crecía en él. Jesús llevaba consigo el regalo, la vida, la gracia eterna, el grandioso tesoro por descubrir; Cristo Jesús caminó con nosotros revelándonos al Padre…Decía “Quien me ha visto ha visto el padre” “Mi reino no es de este mundo”… “Cosas mayores que yo podrán hacer ”Yo voy al padre”, “Hago todo lo que veo hacer al padre” “El padre y yo uno somos”…
El verbo se vistió de humanidad para redimir nuestra condición al reconciliarnos con Dios y devolvernos lo perdido: su vida.
Col 1:15 El es la imagen del Dios invisible
El primer Adán fue destituido de la Gloria de Dios y perdió la eternidad, el tesoro que llevaba dentro, se quedó vacío, sin vida y Gloria; Perdió el propósito de expresarlo y darlo a conocer.
El segundo Adán, el hijo de Dios, completó la obra redentora al devolvernos la vida y la gloria de Dios. Somos la verdadera ciudad espiritual de Dios, santa, eterna y plena.
Los que aceptamos y recibimos el regalo de plenitud eterna, al hijo, fuimos absorbidos por su vida y somos inseparables, somos uno con el hijo y con el padre, pámpanos en la vid para llevar fruto en Cristo: La mayor recompensa.
Colosenses 1:18 «…El es el primero en todo»
